Opinión: El imperialismo estadounidense sigue bombardeando Siria con Biden

Foto: Zona objetivo de los bombardeos yanquis en Siria, antes y después del ataque aéreo. 

Por Jakob Stein

La semana pasada, Joe Biden autorizó un ataque aéreo en el este de Siria a lo largo de la frontera de Iraq dirigido contra Hashd al-Shaabi (Fuerzas de Movilización Popular), una coalición de milicias chiítas supuestamente respaldadas por Irán, matando al menos 22 personas según el Syrian Observatory for Human Rights, una organización no gubernamental (NGO) británica. El gobierno de Biden ha dicho que el ataque aéreo fue una represalia contra los ataques con cohetes dirigido a una base militar liderada por los Estados Unidos en el norte de Irak, que dejaron un contratista muerto y varios otros heridos.

Inicialmente, los representantes del Pentágono calificaron el ataque de “defensivo” y “proporcional”, y dijeron que se hizo “de manera deliberada con el objetivo de desacelerar la situación general tanto en el este de Siria como en el de Irak.” En los últimos dos días, este intento “deliberado” de “desacelerar” la situación ha dado lugar a nuevos ataques con cohetes contra una base aérea que alberga fuerzas militares estadounidenses, que han matado por lo menos a otro contratista militar estadounidense.

Aparte del absurdo hecho de que un ejército extranjero pretenda actuar en autodefensa dentro de un país que está ocupando, el número de muertos reportados en cada lado muestra que el ataque no fue de ninguna manera “proporcional.”

El imperialismo estadounidense generalmente utiliza dos formas de acción militar, siendo la primera su método preferido de guerra de baja intensidad y la otra los ataques abrumadoramente destructivos mediante una potencia de fuego superior. Desde la guerra imperialista de Vietnam, en la que las fuerzas estadounidenses masacraron a miles y miles de luchadores por la liberación nacional, pero nunca pudieron ganar ventaja, ya que más personas se levantaron en respuesta a su brutalidad, los EE.UU. se han dado cuenta de que las tácticas “suaves” son preferibles. Con ellas, intentan “construir coaliciones” con los lacayos locales del imperialismo estadounidense y utilizar a las ONG para que proporcionen “ayuda” con el fin de dar una cara “humanitaria” a la agresión imperialista y al cambio de régimen. El objetivo final es impedir una mayor movilización de las fuerzas antiimperialistas al ocultar los objetivos del imperialismo estadounidense de dominar el país.

Este enfoque es exactamente el que se ha aplicado a la campaña estadounidense en Irak desde el asesinato de Saddam Hussein. El gobierno de EEUU instaló un gobierno títere favorable a los intereses del imperialismo estadounidense, pero esto sólo ha conducido a una mayor desestabilización, al empeoramiento de las condiciones económicas, al nacimiento del llamado “Estado Islámico” en la zona, y a protestas masivas contra el gobierno vendepatrias de los lacayos imperialistas, que han estado en curso desde octubre de 2019.

Estas tácticas de baja intensidad a largo plazo generalmente se complemenan con esfuerzos para paralizar económicamente a las naciones con la aplicación de sanciones, así como con bombardeos aéreos que buscan abrumar a los pequeños núcleos de sus enemigos como una muestra de fuerza, tal y como ocurrió recientemente. El Pentágono proclamó: “La operación envía un mensaje inequívoco: El presidente Biden actuará para proteger al personal estadounidense y de nuestra coalición,” pero este mensaje parece no haber sido recibido por las milicias chiítas.

El gobierno yanqui afirma que ha permanecido en la región para seguir luchando contra los últimos restos del Estado Islámico, a pesar de que el gobierno iraquí puso fin a la campaña en 2017. La verdadera razón de la presencia continuada de las fuerzas estadounidenses es luchar contra la influencia del imperialismo flaquito ruso a través de sus lacayos en Irán y Siria, así como la presencia de campos petrolíferos en esta región. A los Estados Unidos no les interesa en absoluto “apoyar la democracia” –  su única preocupación es asegurar sus propios intereses económicos respaldando a los gobiernos títeres favorables a los Estados Unidos, dominando los mercados extranjeros para luchar contra la creciente crisis de sobreproducción y asegurando el acceso a materias primas baratas y otros recursos naturales como el petróleo.

Al contrario de lo que dicen los socialdemócratas y la supuesta ala “progresista” del Partido Demócrata, el imperialismo no es un simple conjunto de políticas económicas o una postura respecto a los asuntos militares y las relaciones exteriores. El imperialismo es la base misma del sistema estadounidense: es la etapa más alta del capitalismo, caracterizada por la dominación de los grandes monopolios, un estado de decadencia constante que depende de chupar la sangre de las naciones extranjeras para mantenerse a flote, y un sistema que se encuentra en su lecho de muerte.

En este sentido, Biden y su administración no son diferentes de las de sus predecesores: son meros representantes del imperialismo estadounidense. No importa cuán “progresista” sea un presidente, no tienen absolutamente ninguna opción cuando se trata de mantener el imperialismo. Deben hacerlo para mantener vivo el sistema y se ven obligados constantemente a buscar nuevos mercados como parte de la redivisión del mundo, tratando de combatir la influencia de las potencias imperialistas rivales, como el imperialismo ruso y el socialimperialismo chino, y lanzando acciones militares cuando se considera apropiado.

El ataque aéreo de Biden obtuvo el apoyo tanto de los republicanos como de los demócratas, lo que demuestra aún más que la agresión imperialista es la política principal de “ambos lados del pasillo”. Aunque algunos miembros del Congreso, tanto republicanos como demócratas, condenaron el ataque, lo hicieron solo por el hecho de que se llevó a cabo de forma unilateral sin la aprobación directa del Congreso.

En el transcurso de las administraciones anteriores, los presidentes han ordenado cada vez más acciones militares sin la aprobación del Congreso y, junto con el creciente uso de órdenes ejecutivas, esto muestra la creciente concentración de poder en la rama ejecutiva. No es una coincidencia, es el resultado directo de la profundización de la crisis imperialista en los EE.UU. y va acompañada de una mayor reaccionarización del Estado. Algunos miembros del Congreso pueden intentar deshacer las autorizaciones para el uso de la fuerza militar, concedidas en 1991 y 2002 y utilizadas como justificación para la acción militar, pero dichos esfuerzos son inútiles ya que van en contra de las necesidades de mantener el imperialismo estadounidense.

El jueves, en un cínico acto de relaciones públicas, Biden informó a los medios de comunicación monopolistas que había suspendido un segundo ataque de represalia porque la inteligencia militar informó de que había civiles en la zona. Biden busca calcular cómo tener ambas cosas, para poder soltar bombas para promover los intereses imperialistas de EE.UU. mientras finge preocupación por las vidas de aquellos sobre los que lanza bombas, una estrategia de dos caras que es un sello distintivo de los demócratas.

El ataque aéreo en Siria es otra confirmación esperada de que Biden está siguiendo los pasos de Trump, Obama y Bush como el nuevo gerente del imperialismo estadounidense, y no es una sorpresa para aquellos que recuerdan su postura hacia Rusia y China durante los debates presidenciales, así como su mandato como vicepresidente bajo Obama. Por ello, los revolucionarios de todo Estados Unidos han levantado la consigna “Nuevo presidente, el mismo imperialismo,” subrayando que el cambio de guardia no afecta a la esencia del imperialismo estadounidense.