El tiroteo de Atlanta es violencia sexista, el imperialismo tiene la culpa

Crédito de la foto: Reuters

Por el Consejo Editorial

Desde el martes, los medios de comunicación monopolistas han estado furiosos por el tiroteo en Atlanta en el que el reaccionario de 21 años Robert Aaron Long atacó tres salones de masaje asiáticos, matando a ocho personas e hiriendo a otra. Gran parte del debate posterior a los asesinatos se ha centrado en el hecho de que seis de las ocho personas asesinadas eran mujeres asiáticas, centrándose en el aspecto racial y ocultando la naturaleza profundamente sexista y contrario a las mujeres del ataque, así como el papel que la prostitución desempeñó en dicho ataque.

Long saltó a los titulares por culpar de sus asesinatos a una “adicción al sexo” y afirmar que su objetivo eran los establecimientos para eliminar la “tentación”. Fue detenido ese mismo día mientras conducía hacia Florida, aparentemente con la intención de cometer más asesinatos dirigidos a la industria de la pornografía.

Los medios de comunicación de la clase dominante han relacionado de manera sistemática las víctimas de la matanza con el aumento de las agresiones contra personas de ascendencia asiática motivadas por lo que los reaccionarios creen que es su responsabilidad en la pandemia del COVID-19. El hashtag #StopAsianHate ha sido tendencia en las redes sociales e innumerables empresas han emitido declaraciones expresando una solidaridad vacía con las comunidades “asiático-americanas y de las islas del Pacífico.”

Si bien es importante oponerse a la narrativa difundida por los reaccionarios acerca de que los asiáticos, en concreto los chinos, son responsables de la propagación del COVID-19, así como a los que han alimentado esta histeria, como Donald Trump, en este caso se hace un perjuicio a las víctimas, especialmente a las que se ven obligadas a prostituirse.

No es ningún secreto que los salones de masaje y los balnearios, como los que son objetivo de Long, suelen ser tapaderas de la prostitución y que muchas de las mujeres que trabajan en ellos son víctimas del tráfico de personas o son obligadas a prostituirse. A menudo se les promete una vida mejor en Estados Unidos o la liberación de deudas excesivas en sus países de origen, en lugares como Europa del Este, Tailandia y Corea del Sur.

El tráfico sexual internacional con destino a Estados Unidos y la demanda de prostitutas extranjeras es un resultado directo del imperialismo estadounidense. Como la única superpotencia dominante en el mundo actual, los Estados Unidos es responsable de gran parte del sufrimiento en el mundo actual: crea miseria e indigencia para todos los pueblos del mundo y luego los atrae a la esclavitud sexual con la promesa de prosperidad. De hecho, el ejército estadounidense tiene un extenso historial de empleo de la prostitución al servicio de sus sanguinarias tropas. Desde al menos la Segunda Guerra Mundial, la prostitución ha florecido en las zonas que rodean las bases militares estadounidenses, especialmente en países asiáticos como Filipinas, Japón y Corea del Sur.

En respuesta al brutal tiroteo, la alcaldesa de Atlanta, Keisha Lance Bottoms, declaró que los negocios atacados eran “negocios que operan legalmente y que no han estado en nuestro radar” y que “no vamos a culpar a las víctimas, ni a avergonzarlas”. El problema de su declaración es que, al tratar de no difamar a las víctimas, ha pasado por alto otro aspecto de su condición de víctimas: además de haber sido asesinadas por un vil sexista y probable “cliente” de estos establecimientos, ha ignorado el hecho de que al menos algunas de estas mujeres fueron también, casi con toda seguridad, víctimas de violencia sexual.

El imperialismo estadounidense y la cultura que lo reproduce crean personas enfermas y misántropas que obtienen placer al herir y matar a otros. Los asesinos en serie de antaño han sido sustituidos por tiradores en masa y los “spree killers”: Long encaja en este perfil. Afirmó ser un “adicto al sexo” y, aunque esta afirmación es, en el mejor de los casos, dudosa y ha sido desacreditada por psicólogos clínicos, demuestra que es probable que haya visitado estos burdeles u otros similares en el pasado. Esta clase de asesinos tiene un historial establecido de odio y violencia sexual hacia las mujeres, evidenciado por casos de violación, el uso de la prostitución y, más recientemente, la tendencia de los asesinos “incel”. Por último, tanto los funcionarios estatales como muchos medios de comunicación de la clase dominante se resisten a establecer la relación entre la prostitución y la violencia sexual contra las mujeres porque estos negocios operan en una “zona gris” semilegal, que la ciudad de Atlanta y muchas otras ciudades permiten que persista.

Aunque muchos han pedido que se procesen los asesinatos como un crimen de odio, es poco probable que la designación va a marcar una diferencia: el asesino reaccionario ya ha admitido haber matado a ocho personas y ha sido detenido con el arma homicida. Lo que falta en la cobertura de los medios de comunicación y en el debate general sobre esta tragedia es el rol fundamental que desempeña el imperialismo estadounidense, no sólo en la creación de asesinos masivos como Long, sino también en las terribles condiciones que promueven la trata de personas, así como la red de hombres virulentamente sexistas que perpetran a diario esta violencia contra las mujeres.